la naranja está partida

Martín Adán: pasajero de la noche

Como toda buena historia, la que cuenta la vida de Martín Adán tiene varias versiones. Una de estas lo describe como poeta maldito y que fueron Mario Vargas Llosa y Luis Alberto Sánchez los primeros en llamarlo así. En el Instituto Nacional de Cultura para la presentación de "Diario de poeta", evento al que obviamente el poeta no fue. Sobre este episodio va el siguiente texto publicado a tres páginas en el diario Correo del 2 de julio de 1976 por Javier García Márquez.

Publicado: 2019-08-16

MARTÍN ADÁN: PASAJERO DE LA NOCHE. 

A los 68 años, cuando muchos lo suponen muerto y otros quisieran que lo esté –según la urticante frase de Luis Alberto Sánchez-, Martín Adán insiste en ser la presencia más presente de la literatura peruana.  

Niño terrible de las letras peruanas a los 16 años, “poeta maldito” desde entonces, de acuerdo con las definiciones que se le han ido acumulando el poeta barranquino no sería en modo alguno, o en todo caso no lo fue siempre, el trashumante fantasma nocturno, aquel pasajero de la noche y residente de la bohemia, que se ha visto en él.

Lo demuestra su nunca ininterrumpida y brillantísima producción literaria, su secreta tenacidad lírica de más de cuatro décadas, de la cual, Diario de poeta -recientemente editado-, no debe ni será, al menos así lo piensan los que lo conocen, la obra postrera.

Zumbón y sarcástico, como siempre, riéndose a caquinos de todos los que lo piensan bien o mal, acaba de retornar, vía su último libro, cuando nadie lo esperaba que lo hiciera. Como lo viene haciendo consecuentemente desde 1928, cuando con 19 años de edad publica La casa de cartón, erigida como un clásico de la literatura peruana.

Precoz genialidad

Hombre de genialidad y genio, Rafael de la Fuente Benavides, nació en Lima en 1908, muestra desde muy joven, casi un niño aún, su innata, casi fisiológica pasión por la literatura.

A los 16 años este precoz literato que aún no se llama Martín Adán, en una edad que, según Luis Alberto Sánchez, no es frecuente que se den frutos literarios de envergadura y originalidad descubre para José Carlos Mariátegui los originales de su novela, la única que ha escrito: La casa de cartón.

El ilustre pensador, entonces director de la aún imparangonable Amauta le ofrece a Rafael de la Fuente publicar la obra entera por fascículos. El joven escritor accede, pero aún no inoculado por la vanidad solicita que se le publique bajo seudónimo.

- “Elíjalo usted”, le plantea Mariátegui, quien es hasta hoy el único testimonio que del origen del seudónimo se tiene. De la Fuente, responde prestamente: “Martín Adán”.

Y preguntado por un Mariátegui sorprendido: -“Y, ¿por qué Martín Adán?”- “Para recordar al mono de Darwin y al Adán de Dios”- habría contestado Rafael de la Fuente.

Aún no se le conoce del todo

Clerical, conservador y civilista, según su propia definición, Martín Adán ha sido en su obra y su existencia todo lo contrario. Porque, de acuerdo con sus críticos, en ambas instancias es lo más anticlerical, lo más anticonservador y lo más anticivilista.

Llamado uno de los más representativos de la “vanguardia” peruana se cree que todavía no existe una cabal tesis doctoral de su obra. 

Pasajero de la noche

Pasajero de la noche y la bohemia por largos años, residente de cafetines humosos y malolientes, Martín Adán, casi siempre sólo fue, a su modo, un hombre con estilo y presencia.

Vestido con un casi eterno gabán azul o pretendidamente azul cuando las noches de báquica soledad eran varias en una, Martín Adán fue creando mucho de su obra en pequeñas servilletas de papel. En el “Zela”, en el “Palermo”, en el “Versalles”.

La recogieron, o él mismo las entregó, a amistades generosas e invariables, como Juan Mejía Baca, su amigo y su editor más confiable.

Desde La casa de cartón”, editada en 1928, hasta el reciente “Diario de poeta”, publicada este año, son diez las obras éditas del poeta: La rosa de la espinela, Sonetos a la rosaTravesía de extramares (Sonetos de Chopin), Escrito a ciegasLa mano desasida, La piedra absoluta, De lo Barroco en el PerúMi Darío. Su crítica se muestra limitada para desbrozar la trascendencia de esta obra.

Esa vida anárquica, pero personal e intransferible, llevó muchas veces al poeta que cantó a las tías de batas de motita y olor a ropa mojada, tras los grises muros de nosocomios limeños.

Y ello, sin importarle mucho o nada.

- “En el Perú –alguna vez dijo-, la única forma de vivir con cierta cordura es el manicomio”.

Frases como ésta son ya providenciales en Martín Adán. Como cuando en 1950 al ser incluido como miembro de Academia Peruana de la Lengua lanzó esta expresión: “Ahora que soy académico escribiré mejor”

Lo cual lo pinta de cuerpo entero, siempre lanza en ristre, nunca dejándose manejar.

Como ha escrito alguien sobre él son, no obstante, las frases de un hombre contradictorio que quería hallarse. Un hombre que al principio de su obra poética escribiría también: “La rosa que amo es la prudencia”. Pero él mismo se olvidaría de ella, a poco, para entregarse al desenfreno, al riesgo, al frenesí, a la locura. “Una locura lúcida a la que hay que darle gracias a Dios”, como reclama su editor y primer prologuista: Luis Alberto Sánchez.


Reportaje a la noticia

Martín Adán, poeta maldito

Luis Alberto Sánchez y Mario Vargas Llosa analizaron su obra en brillante plática. 

Transgresor, contestarlo, destructor en lo vital. Abstracto y erudito, angustiado y adolorido en su poemática. Pero siempre destructor y destructor de sí mismo. Así es, según la perspectiva crítica de Mario Vargas Llosa, Martín Adán.

En tanto, Luis Alberto Sánchez postula que no obstante el papel de poeta maldito que ha jugado el autor de La casa de cartón en la literatura peruana, es un onírico y místico. Un hombre que busca la miseria como consuelo y galardón y que llega a la locura onírica que, a la postre, es la que lo ha salvado. Estos fueron los tramos más sustanciales del coloquio en que hace algunos meses se enfrascaron dos de las figuras más representativas de la crítica y la literatura de la pasada y la actual generación. Obviamente, la plática, que concitó audiencia masiva y heterogénea, se adentró en otros tópicos de la restallante y compleja personalidad lírica de Martín Adán. Una síntesis de la velada, sigue a continuación:

En mucho Martín Adán ha sido un transgresor, un protestatario, un destructor. Ha creado una imagen. Es una imagen que resulta al mismo tiempo fascinante e inquietante. Yo no sé si sale ahora por las calles de Lima, pero recuerdo muy bien que cuando yo era estudiante de San Marcos, -hace ya 20 años-, la presencia de Martín Adán en las calles del centro era algo que nos hechizaba, que nos fascinaba. Con algunos compañeros lo seguimos alguna vez, en largas trayectorias, por las calles del Centro. Y tengo muy presente la imagen de ese hombre desastrado, solitario, con un desasosiego en los ojos, que andaba siempre solo y muy rápidamente y que iba a terminar en una humosa, pobre y vulgar cantina de las calles del centro. Andaba siempre solo. Creo que así ha sido hasta hace muy pocos años y son muy pocas las personas que han podido llegar a él y hablar con él. Ha sido siempre un transgresor y un contestatario. Ha sido todo lo contrario de lo que recomendaba la razón, el sentido común. Ha vivido en un desacuerdo sistemático con los valores aceptados, establecidos en esta sociedad.

Sin embargo, paradójicamente esa existencia le ha ganado un respeto y una reverencia unánimes. Dudo que haya algún escritor vivo en el Perú que sea tan generalmente respetado por todos los bandos, por todas las generaciones como lo es Martín Adán. Y, muy curiosamente, una sociedad, a la que él ha maltratado con su conducta de este modo tan consecuente a través de su vida, no le ha devuelto con la misma moneda. Al contrario, lo ha cubierto de honores y reconocimientos. Y este limeño zumbón e irónico, que creo hay en él, debe contemplar con maliciosa picardía toda esa lluvia de diplomas que, por ejemplo, han caído sobre él. Entiendo que es abogado, doctor en letras, doctor Honoris Causas de varias universidades, académico insigne de la Academia de la Lengua, dos Premios al Fomento a Cultura; las instituciones más respetables publican libros de él, se le rinden homenajes, se hacen estudios de su obra. Es posible que, en otros países, se rinda esta clase de honores a hombres que están muertos, como escribió Luis Cernuda en un hermosísimo poema, donde habla de Rimbaud, de Verlaine. Pero aquí, en el Perú, ocurre cuando el poeta está aún con vida, este poeta inquietante, contestatario, transgresor. ¿Por qué ocurre eso? ¿Por qué somos menos hipócritas? Simplemente porque no nos hemos enterado exactamente qué significa la actitud literaria de Martín Adán.

¿Barroco, gongorino, personal?

Se ha dicho de él que es un poeta barroco, un poeta que introdujo, o que por lo menos dio categoría en el Perú lo que en los años 20 o 30 era la vanguardia. En realidad, yo creo que no hay tal cosa. Yo creo que en Martín Adán no hay, como en otros poetas, una adaptación o una asimilación creativa original de algo que en otros sitios había sido ya realizado o aceptado, sino que hay realmente la creación de un mundo propio, de un lenguaje propio a través de lecturas que son muy diversas y muy contradictorias. Se ha dicho que es un poeta barroco, se ha dicho que es un poeta novecentista, un crítico ha dicho que Martín es un poeta gongorino. La poesía barroca, la poesía novecentista, la poesía gongorina es una poesía que se parece mucho a la de Martín Adán en apariencia, a la pasada.

Una poesía en la que hay un extraordinario recargo verbal, una abundancia de adorno. Una poesía que para llegar al pensamiento, es decir a su significado racional, al sentido lógico del poema, hay que atravesar una verdadera selva de palabras cultas, de comparaciones audaces, de referencias culturales eruditas. Luego, de esta travesía que hay que hacer muchas veces con ayuda del diccionario o de la mano de algún filólogo, uno consigue llegar a ese corazón secreto del que mana un sentido lógico para todo el poema.

¿Y esto caracteriza toda la poesía de Martín Adán? Diría que no. Creo que esto es lo que caracteriza a la primera poesía de Martín Adán. A la poesía que llega hasta Travesía de extramares. Los poemas que siguen a esa etapa de su vida creo que se diferencian, no extraordinariamente, pero sí de una manera considerable. Su poesía de los últimos tiempos, por ejemplo, este Diario de poeta, que ahora se publica, es una poesía formalmente menos perfecta que la primera. La musicalidad no es tan absolutamente lograda.

Extraordinario contador de silabas.

A veces ese extraordinario contador de silabas que fue Martín Adán incurre en equivocaciones. A veces la elegancia no es tan permanente ni sostenida como, por ejemplos, en sus Sonetos a Chopin. Un poco más imperfecta, desde el punto de vista formal, y al mismo tiempo, un poco más dramática, un poco más genial en el sentido que esas emociones que alientan, bajo esas palabras, son emociones que aluden a experiencias que podíamos llamar dramáticas, como por ejemplo, la muerte, la angustia, la desesperación. Estos sentimientos, estas emociones no están descritas. Están más estilizadas en poemas que tampoco son comprensibles, en el sentido que son compresibles los poemas de Góngora, sino que en esta asociación musical, bella de palabras, aparecen de pronto como chispazos, alusiones y referencias a estos fantasmas, ante el instinto del poeta adolorido, temeroso de su muerte, de su angustia, de su desesperación, la idea de destrucción, la idea de no ser.

Destructor de sí mismo.

Hasta en eso Martín Adán ha sido destructor. Y esa poesía imperfecta, dramática, más humana entre comillas, ha destruido en cierta forma esa poesía perfecta, que es la primera poesía que escribió, algo que tan difícilmente había construido. Ahora a través de estos poema encontramos a un autor más próximo, más familiar, pero menos, yo diría, ínclito y legendario como el autor de los poemas de los Fragmentos de Aloysius Acker, por ejemplo, o los Sonetos de Chopin. Incluso, hasta en eso, Martín Adán ha sido un contestatario, un transgresor.


Luis Alberto Sánchez: un onírico, un místico.

Encuentro sumamente muy de acuerdo conmigo lo expresado por Mario Vargas, lo cual no quiere decir que sea exacto porque estamos en exactitud de todas sus apreciaciones de Martín y su manera de destruir. 

Sin embargo, creo que habría que ampliar algunos puntos y cotejar algunos otros. No creo por ejemplo que en el caso de Martín –de este mito que hay, porque es un mito hasta ahora- influye mucho la idea de ser un poeta maldito. Creo yo que ello se debe a que no nos hayamos enterado quién es Martín Adán. Yo creo que las cuatro quintas partes del Perú culto y las cuatro quintas de las que quedan no saben quién es Martín Adán. A Dios gracias. Pero creo que los demás, inclusive esto que queda, lo consideran ya muerto. Por eso se ocupan tanto de él porque ya no es competidor. De manera pues que Martín está asistiendo, en estos momentos, como Carlos V al elogio necrológico, a la necrología de su propio arte sin que este signifique que se haya muerto y no de más. Y en eso también creo que hay un gran error de Juan Mejía que debería exhibirlo un poco para que hagamos apreciación más justa. Para que hagamos una crítica más justa de un hombre vivo

Primer hippie de la vida peruana

Por otra parte, el gran contestatario, el gran transgresor, dos palabras, dos calificativos exactos, cabales, pero que creo tienen otras explicaciones.

Para mí Martín Adán es el primer “hippie” de la vida peruana. Él inauguró el “hipismo”. Mucho antes que hubiera “hippis”, él lo fue. Como lo fue RImbaud, como lo fue Verlaine, como lo fue en cierto sentido Baudelaire en algunos momentos. Pero lo que me parece muy interesante es que él tuvo esta actitud destructiva desde la escuela. Yo tuve la suerte de ser profesor de él en el “Deutsche Schule” y de enseñarle castellano. Ahora él me lo enseña a mí, lo que es una buena venganza. Pero tuvimos como mentor en clases de castellano a un hombre extraordinario, cuya influencia en Martín, no en su forma literaria sino en su actitud, creo que ha sido extraordinaria. A Emilio Huidobro. 

Excelente discípulo

Y Emilio Huidobro era un destructor de la palabra, era un curioso de la etimología y la semántica, buscaba las raíces de las palabras, realmente iba a los vericuetos del origen de cada cosa, de los cambios y ese frenesí de buscar la palabra hasta encontrar su hilo más tenue, y que lo liga realmente con la raíz de la vida, esa es, creo una característica en que coincidió el joven alumno de ojos azorados que era Rafael de la Fuente Benavides, según rezaba en la lista del colegio, con el profesor semi eclesiástico que fue Emilio Huidobro. Y creo por eso que en los primeros versos, como lo ha anotado Mario, hay una mayor perfección. Y no sólo porque la edad hace que uno deba ser perfecto cuando debe serlo y que se vuelva imperfecto cuando ya es perfecto, sino que además había en este una persecución de las mismas normas que había tenido su profesor de castellano, quien realmente fue extraordinario. Por otra parte, creo que es difícil observar la lealtad de Martín,  más que con Gongora, con ese gran gongorino de nuestro siglo que fue Herrera Reissig. Sin que esto implique tampoco otra cosa que simples coincidencias, como lo sería a lo largo de toda la vida.

El misticismo en Martín Adán

Pero encuentro una cosa y es que la nota de poesía abstracta que ha anotado Mario Vargas y que me parece un hallazgo interesante que habría que explotar en lo sucesivo con respecto a la poesía de Martín Adán se junta quizás desde Travesía de extramares” y mucho más en La mano desasida”, se junta a un creciente misticismo de Martín Adán. La palabra místico no la empleo en el sentido de adhesión a Dios, no porque esté mal con Dios, sino porque no empleo así simplemente la palabra. Místico creo que viene de mí. El que está metido en sí mismo. El ensimismado. Por eso don Manuel Díaz Rodríguez cuando hablaba de las características del Modernismo en un libro olvidado (porque es tan bueno que tiene que olvidarse) y hablaba que una de las característica de Darío era su misticismo, protestaban todos los que creían que místicos eran solo los que hablaban Dios. Bueno, Darío hablo muchísimo de Dios. Pero el misticismo de Martín Adán en este libro que nos ha dado Juan Banchero ahora es evidente. Porque hay una actitud trascendental. Constantemente aparecen en este libro el vocablo eternidad. No la muerte precisamente, sino la eternidad e inventa palabras inclusive como alterna, que es muy característico de Martín Adán en su primera forma, en la que hacía un lenguaje compositivo muy parecido al autor que más leyó entonces: James Joyce.

Joyce en la literatura de Martín Adán

Ese lenguaje compositivo que tiene su crisis en el último libro intraducible de Joyce, donde junta palabras de diversos idiomas, lo vemos a través de la poesía de Martín, sobre todo en Travesía de extramares, y en este libro (Diario de poeta) me parece que es evidente. Con lo cual no estoy sugiriendo siquiera, lo cual sería por lo demás muy bueno para cualquier escritor, una imitación de Joyce; sino una coincidencia en la actitud filológica, en la búsqueda del vocablo hasta sus últimas consecuencias, como dicen las proclamas revolucionarias de ahora, y que en este caso si debe ir hasta las últimas consecuencias poéticas. Y también en su predominio de los factores oníricos porque la poesía de Martín y la prosa de Martín me parece a mí que por sobre todas las cosas es un triunfo absoluto de lo onírico.

Lo onírico y lo abstracto en Martín Adán

Naturalmente lo onírico es siempre abstracto porque es vago, porque no es preciso y todo en Martín es una poesía onírica. Creo que la raíz de esta poesía onírica está no solamente en su temperamento sino en la vida que ha descrito Mario Vargas. Un hombre que vive así, tan de huida de sí mismo, porque realmente la actitud de Martín cuando anda por las calles es de fugarse, y fugarse de su propia sombra, es una sombra que persigue al hombre o un hombre que persigue a su sombra. Es una cosa tremenda. Bueno, creo que eso se traduce, la manera de compensar eso, es su poesía onírica. Se refugia en los sueños, se refugia en las apetencias, en las apetencias satisfechas e insatisfechas, en el anhelo de eternidad y en un leiv motiv que aparece en este libro que es muy curioso, el leiv motiv del agua, de beber, y no estoy haciendo ninguna alusión de mala voluntad y de malevolencia, no. Pero hay la actitud de beber, es un sediento. Ve agua, agua. Una dipsomanía clara, y no de pecado, sino al contrario de santidad, buscándose a sí mismo.

Busca la miseria como consuelo y galardón

Pero hay otro parte de Martín que me interesó al comienzo. Yo fui editor de La casa de cartón en el año 1928, cuando acababa de ser mi alumno el año 27, y nos sorprendió a los editores y también al prologuista y al colofonista, nos sorprendió la actitud en prosa de Martín Adán. Porque era una fuga de la prosa corriente en el Perú de entonces y que en cierto modo coincidía con la prosa poemática que en ese momento se desarrollaba en el idioma. A pesar de todo, Joyce y Proust eran los penantes de este tiempo. Formaban realmente una atmósfera dentro de la cual un alma sonámbula, como la de Martín Adán, un “hippie” potencial como era él que buscaba la miseria como un consuelo y como un galardón, tenía que sentirse a sus anchas. Y lo desarrolló y lo cultivó y lo hizo triunfar e impuso esa especie de sorna lírica, que es uno de los tonos más interesantes de Martín Adán.

Bromista, melancólico y trascendental.

Es un bromista, pero un bromista trascendental y poético, con nostalgia y melancolía. Pero no es un humorista, en el sentido prístino de la palabra sino que es un humorista que se deja caer con añoranzas de lo que no ocurrió nunca. Una especie de recordador de lo que puede pasar. Y creo que este tono de nostalgia, de evasión de vacío que se llena con sonrisas o un chiste inesperado como para romper la monotonía, o mejor dicho la desarmonía que implica la tristeza, es creo que es una de las características de La casa de cartón.

Adán, un romántico.

Y él examinándose en ese libro que también me tocó editar, De lo barroco en el Perú, se confiesa. Creo que la génesis de ese libro, el de su tesis, sobre lo barroco en el Perú es sumamente importante para situar los valores espirituales de la poesía a la prosa de Martín. La tesis fundamental, lo sabemos todos, es que lo barroco no es barroco sino en la forma, pero que lo esencial de barroco es el romanticismo. Tanto es así que él pasa a lo romántico con capa de barrocos, de formas en las que deslumbra con sus perfecciones verbales, pero lo profundo, lo íntimo, lo que no se transfiere, lo que constituye el fondo mismo del escritor es lo romántico, y, ¿qué es lo romántico, en buena cuenta, si no el individualismo, la vuelta a la intimidad, la necesidad de confidencia, los contrastes, las antítesis?, y, ¿qué es la poesía de Martín Adán fuera de las antítesis, de las antítesis que podríamos llamar ordinarias o corrientes del romanticismo establecidas en el “Prefacio de Cromwell” por Víctor Hugo?  Hay una antítesis violenta entre lo que quiere ser y lo que es; entre su desencanto de la vida y su sed de eternidad y su desgano de eternidad, entre el vocabulario que dispone y el vocabulario que quiere inventar, entre la ineficacia para expresar del léxico y para expresar lo que él tiene dentro, no porque no maneje el idioma sino porque el idioma, evidentemente siempre nos gana a nosotros los escritores.

Entiendo que la presencia de Martín Adán en nuestra literatura es realmente un hecho insólito. Se le ha ligado con Eguren y es cierto, él fue muy amigo de Eguren y discípulo muy cercado de Ureta, uno de los grandes poetas peruanos más olvidados, naturalmente por ser gran poeta. Pero con Eguren yo creo que lo único que lo identifica es su fuga del mundo cotidiano. Pero Eguren siempre fugó con el arte y Martín Adán trata de fugar y no lo consigue. Hay una actitud mucho más patética en Martín que en Eguren, lo cual no quiere decir que uno sea mejor que el otro. A cada cual le puede gustar más uno que el otro. Pero hablo de los valores patéticos y pintorescos que son cosas bastante concretas. Además hay un tomo especial, la asexualidad. La poesía de Martín como la de Eguren son poesías asexuales. Como en mucho lo es la de Vallejo mismo. Son poesía en las cuales la mujer no tiene sino una participación tangencial, porque en realidad lo que vale como significado son los valores espirituales, las suscitaciones que produce el contacto con un ser del mismo sexo, de otro sexo, o sin ningún sexo. Los ángeles después de todo hay que averiguar cómo son o cómo están construidos, eso parece que es una de las características que une más a Martín con Eguren y con Vallejo.

La locura onírica

En suma, me parece que esta resurrección –puesto que no se ha muerto. ni hay sepultamiento ni elogio póstumo puesto que está vivo- en torno de Martín implica una revisión de nuestra literatura contemporánea. No solamente es él. Creo que junto con él, no a su altura, pero si como él, en una semejanza de menos a mayor, hay en este caso muchos poetas que se perdieron tratando de hallar la expresión que no encontraban. Que no tuvieron la suerte de desesperarse tan arriesgadamente, lanzarse tan osadamente como botella al mar como lo hizo Martín Adán en su poesía. No se resignaron a esa suerte de botella merced de las olas. Quisieron ser el timón de sí mismos y perdieron la barca, su derrotero, sus propias vidas y su arte. Esto, la locura onírica de Martín lo ha salvado. Y creo que hay que darle gracias a los dioses de la locura y al azar por el don que nos ha dado con este poeta hasta ahora bastante olvidado.



Escrito por

Isegoria

Sobre la vigencia de autores y obras, y su valor público.


Publicado en

Barranco de cartón

Sobre Martín Adán y su valor público.